Pureza, impureza y bondad de la creación: una lectura bíblica de los animales “impuros”

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Uno de los temas que más preguntas genera al leer el Antiguo Testamento es la existencia de animales “puros” e “impuros” en textos como Libro del Levítico 11 y Libro del Deuteronomio 14. Muchos lectores se preguntan: ¿cómo puede la Biblia llamar “impuro” a un animal si Génesis 1 afirma repetidamente que toda la creación es “buena”? ¿Acaso algunos animales serían malos o inferiores ante Dios?

La tensión desaparece cuando comprendemos que, en la mentalidad bíblica, la impureza ritual no equivale a pecado moral ni a maldad ontológica. Los animales impuros no son criaturas demoníacas ni malas en sí mismas. Continúan siendo parte de la creación querida por Dios. La categoría de “impureza” pertenece al ámbito simbólico, cultual y pedagógico de Israel.

La bondad universal de la creación en Génesis 1

El primer capítulo del Libro del Génesis presenta una visión profundamente positiva del universo. Después de cada acto creador aparece la fórmula:

“Y vio Dios que era bueno” (Gn 1).

Finalmente, tras la creación del ser humano:

“Y vio Dios todo cuanto había hecho, y era muy bueno” (Gn 1,31).

Aquí no existe una división entre criaturas “malas” y “buenas”. Todo procede del acto creador divino. Los animales terrestres, marinos y aves forman parte de un cosmos ordenado y armonioso. La creación refleja sabiduría, fecundidad y belleza.

Por ello, cuando Levítico distingue entre animales puros e impuros, no está negando Génesis 1. Más bien, introduce una clasificación ritual dentro de una creación ya considerada buena.

La impureza como categoría ritual y simbólica

En el pensamiento moderno, solemos asociar “impuro” con “sucio” o “pecaminoso”. Pero en el mundo bíblico la impureza ritual tenía otro significado. Era una condición relacionada con:

  • el culto,
  • la santidad,
  • el orden simbólico,
  • y la identidad comunitaria de Israel.

Una persona podía quedar impura por tocar un cadáver, por ciertas enfermedades de la piel, por emisiones corporales o incluso por dar a luz (Lv 12–15). Ninguna de estas realidades era necesariamente pecado. Eran situaciones ligadas a los límites de la vida, la muerte y la fragilidad humana.

Lo mismo ocurre con los animales impuros. La clasificación no implica maldad moral. Se trata de una pedagogía simbólica que enseñaba a Israel a discernir, separar y vivir como pueblo santo:

“Sed santos, porque yo soy santo” (Lv 11,44).

La santidad bíblica se expresa mediante separaciones: luz/tinieblas, Israel/naciones, sagrado/profano, puro/impuro.

El orden de la creación y los animales “anómalos”

Muchos estudiosos han observado que los animales considerados “impuros” suelen romper los patrones normales de clasificación del mundo antiguo. Por ejemplo:

  • los peces debían tener aletas y escamas;
  • los animales terrestres debían rumiar y tener pezuña hendida;
  • las aves asociadas a carroña o muerte eran evitadas.

La lógica de estas clasificaciones no es higiénica en primer lugar, aunque en algunos casos pudiera tener efectos sanitarios. Es principalmente simbólica. Los animales “puros” representan conformidad con el orden creado; los “impuros” aparecen como criaturas liminales o ambiguas dentro de las categorías culturales israelitas.

Por ejemplo, el cerdo aparece como impuro porque, aunque tiene la pezuña hendida, no rumia (Lv 11,7). Desde la lógica simbólica israelita, el cerdo es un animal “incompleto” respecto al patrón esperado: cumple una condición, pero no la otra. No es malo ni pecaminoso; simplemente no encaja plenamente en la categoría ideal.

Algo semejante sucede con la liebre. El texto bíblico afirma que “rumia”, aunque no tiene pezuña hendida (Lv 11,6). En la observación antigua, el movimiento repetitivo de su mandíbula daba la impresión de rumiar. Nuevamente, se trata de un animal que parece situarse entre categorías.

En el ámbito marino, los animales considerados puros debían tener aletas y escamas (Lv 11,9-12). Por eso los crustáceos —como camarones, cangrejos o langostas marinas— eran considerados impuros, ya que no poseen esas características. Lo mismo ocurría con moluscos y otros animales acuáticos que no correspondían al modelo “normal” de pez.

Sin embargo, incluso esos animales continúan siendo criaturas de Dios. El texto jamás dice que deban ser exterminados ni odiados. De hecho, muchos cumplen funciones ecológicas importantes, como las aves carroñeras que limpian restos orgánicos o ciertos reptiles que ayudan al equilibrio natural. Siguen formando parte del mundo “muy bueno” creado por Dios en Génesis 1.

La pedagogía de Israel y la identidad del pueblo

Las leyes alimentarias ayudaban también a construir identidad. Comer era un acto profundamente religioso y social. Al limitar ciertos alimentos, Israel aprendía diariamente que pertenecía a Dios y debía vivir de modo distinto a las naciones vecinas.

La comida se convertía así en memoria corporal de la alianza.

Por eso la pureza ritual no debe interpretarse como desprecio hacia la creación, sino como un lenguaje simbólico de pertenencia y santidad.

Jesús y la reinterpretación profética de la pureza

En los evangelios, Jesús no niega la bondad de la Ley ni rechaza totalmente las categorías de pureza del Libro del Levítico. Sin embargo, su interpretación haláquica —es decir, su modo de interpretar y aplicar la Ley— desplaza el centro de la discusión desde la pureza ritual hacia la pureza ética y espiritual del corazón humano.

Por eso Jesús afirma:

“Nada que entra de fuera puede hacer impuro al hombre” (Mc 7,15).

La verdadera impureza pasa entonces a relacionarse con la injusticia, la violencia, la hipocresía y el mal moral. Lo que contamina al ser humano no son principalmente ciertos alimentos, sino:

  • la maldad,
  • la opresión,
  • el odio,
  • la corrupción interior,
  • y la ruptura de la voluntad de Dios.

Este desplazamiento no surge de la nada. Jesús se sitúa claramente dentro de la tradición profética del Libro de Isaías y otros profetas que criticaron un culto vacío separado de la justicia y la misericordia. Isaías denuncia:

“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Is 29,13).

Y también:

“¿De qué me sirve la multitud de vuestros sacrificios?” (Is 1,11).

La crítica profética no elimina el culto, pero rechaza una religiosidad puramente externa que descuida la justicia, el derecho y la fidelidad a Dios.

Jesús continúa esa misma línea. Por eso confronta interpretaciones legales que absolutizaban las normas rituales mientras olvidaban “lo más importante de la Ley” (Mt 23,23). La pureza deja de centrarse prioritariamente en alimentos, lavados o separaciones rituales y pasa a enfocarse en la transformación interior y la práctica de la misericordia.

Conclusión

La Biblia no enseña que existan criaturas malas por naturaleza. Génesis 1 afirma la bondad radical de toda la creación. Las leyes sobre pureza animal pertenecen a un sistema simbólico y cultual destinado a formar la identidad espiritual de Israel.

El cerdo, la liebre y los crustáceos no son animales “malditos”. Son ejemplos de cómo Israel organizaba simbólicamente el mundo para expresar santidad, orden y pertenencia a Dios.

La reinterpretación de Jesús no destruye esta tradición, sino que la lleva hacia su horizonte profético más profundo: una santidad centrada en la misericordia, la justicia y la fidelidad del corazón.

La tensión entre Génesis y Levítico desaparece cuando entendemos que “impuro” no significa “malo”, sino “ritualmente no apto” dentro de un contexto concreto de alianza y culto.